23 diciembre 2007

Así en la SGAE como en la Iglesia.

Ignacio Escolar

Mucho antes de Internet, de la grabadora de CD o del MP3 hubo un invento que provocó que miles de músicos se quedaran sin trabajo. Fue un avance tecnológico al que se opusieron, con todas sus fuerzas, las sociedades de autores de todo el mundo. Era su asesino y se llamaba gramófono. Por culpa de la música enlatada, dejó de ser necesario contratar a intérpretes para ambientar con melodías un restaurante, una sala, un baile. El tocadiscos mató a la música en directo y en esa terrible reconversión industrial, como en todas, miles de trabajadores tuvieron que irse sin la música a otra parte.

En Estados Unidos, se llegó a pedir la prohibición del disco y el debate llegó, en 1906, hasta el Congreso. “Esas máquinas que hablan van a arruinar el desarrollo artístico de la música”, declaró ante los congresistas estadounidenses John Philip Sousa, un compositor de marchas militares al que hoy se recuerda tanto por sus profecías apocalípticas como por su música. El resto de su testimonio ante el Congreso es aún mejor: “Cuando yo era niño, en todas las casas uno encontraba jóvenes que cantaban. Hoy uno escucha estas máquinas infernales todo el día y toda la noche. No nos va a quedar ni una cuerda vocal, las cuerdas vocales van a ser eliminadas por un proceso de evolución como sucedió con la cola del hombre cuando evolucionó del mono”.

Un siglo después seguimos teniendo cuerdas vocales y otra serie de avances está matando al viejo asesino, al disco. La tecnología es como Saturno: siempre acaba devorando a sus hijos. Nunca antes fue tan sencillo el acceso a la cultura. Jamás en la historia se ha consumido tanta música como hoy, aunque sea pirata: una revolución que cierra tiendas de discos pero hace que se llenen los conciertos y los musicales. La música fresca está muy viva –en España, los ingresos por conciertos casi se han triplicado en los últimos diez años– pero la música enlatada ya no es tan rentable como fue.

Esta nueva reconversión está provocando que muchos trabajadores pierdan su empleo, aunque esta vez, a diferencia del gramófono, la gran mayoría de ellos no son músicos. Cierran tiendas de discos, las discográficas reducen plantilla por el lado de los expertos en promoción, los estudios de grabación cada vez tienen menos clientes… Pero el dinero que reparte la SGAE entre sus asociados cada año logra un nuevo récord. “Lo que está en crisis no es la música, sino un modelo concreto de negocio porque la música en vivo parece estar experimentando un momento de auge”. La cita, aunque parezca increíble, es del propio Teddy Bautista, presidente de la SGAE.

La culpa, como siempre en estos casos, la tiene el progreso: es el mismo motivo que acabó con las minas de Asturias o con los trenes de vapor. El mismo fantasma que provocó tres siglos atrás el nacimiento de los movimientos obreros enfrentados a la máquina, al telar de algodón, a Frankenstein. El mismo monstruo que mandó a miles de músicos al paro cuando la invención del gramófono sustituyó su puesto de trabajo por un disco de pizarra.

La gran diferencia es que los fabricantes de neveras jamás pagaron un canon a los vendedores de hielo.

No al canon

Dice Mariano Rajoy que “es inaceptable pagar por ser sospechoso”. Y para variar tiene razón. El líder del Partido Popular se ha comprometido “a cambiar la actual situación” y ha hecho bandera contra el canon digital al apuntarse al maremoto que inició hace una semana Jordi Guillot, senador de la Entesa Catalana de Progrés.

La postura crítica del primer partido de la oposición es una buena noticia para el millón y medio de ciudadanos que hemos firmado contra el canon, los que creemos que es una tasa injusta. Es cierto que el canon es una imposición europea, pero Europa sólo dice que hay que compensar a los autores por el derecho a la copia privada, no que se pague a la SGAE con cada teléfono móvil. Si hay que subvencionar a un sector para que afronte una reconversión, el dinero debe salir de los presupuestos generales del Estado y lo debe gestionar directamente el Gobierno, no un club privado que no revela cómo reparte lo que recauda. Los impuestos deben ser públicos, no privados. Su gestión también.

Espero que esta nueva posición del PP dure, pero podían haberlo pensado antes. La “actual situación” que ahora Rajoy quiere cambiar se originó en el año 2003, cuando el PP gobernaba. La SGAE, tras arrinconar con abogados a los fabricantes de CD vírgenes, logró un ventajoso acuerdo extrajudicial que impuso, de facto, el canon digital. Mientras tanto, el gobierno de Aznar miraba hacia otro lado. No les hubiese costado mucho impedir este abuso: bastaba con una simple orden ministerial, pues la anterior redacción de la Ley de Propiedad Intelectual permitía al Gobierno decidir qué soportes estaban obligados a pagar y cuáles no. No hicieron nada.

Hace dos años, en mayo de 2005, el PP descubrió que en este local se juega y presentó en el Senado una enmienda donde se pedía la supresión del canon. La crítica a la SGAE duró poco. Sólo un año después, el Congreso aprobó casi por unanimidad la última reforma de la Ley de la Propiedad Intelectual, donde se consolida el canon digital. El PP votó entonces a favor.

En la recién estrenada página web de Mariano Rajoy, el “no al canon digital” es una de las propuestas estrella de su programa electoral. También lo fue en el programa del PSOE la ampliación de la ley del aborto y ahora Zapatero, después de cuatro años sin tocar el tema, se conforma con un comité de expertos que estudie si la reforma prometida es necesaria. Contra la SGAE y contra la Iglesia es más fácil prometer desde la oposición que cumplir desde el Gobierno. No hay nada como tener micrófonos.

viene de Escolar.net

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